Dime, Ayelen…
¿Todavía conservas tu sonrisa?
Por aquel entonces, recuerdo que a penas sonreías y casi no hablabas con nadie. Cuando te conocí, ninguna sabíamos todas las cosas que nos iban a ocurrir.
Hoy es una fría noche de invierno y aunque tengo personas a mi lado, no puedo evitar sentirme mal cuando pienso en esa soledad que me invade por dentro. Porque a pesar de que hay gente que me apoya, siento un gran vacío en mi interior. Un vacío que…desde que te fuiste nadie ha conseguido llenar. Esta noche, no soy capaz de recordar la última vez en la que mi sonrisa no fue otra mentira en mi vida. No consigo recordar cuando fue la última vez que conseguí reír siendo verdaderamente feliz. Ahora me doy cuenta de que realmente aquel tiempo en el que estuvimos juntas, fue la época en la que más feliz fui. En aquellas camas de aquella habitación, ahora no duerme nadie, aquellas habitaciones ahora vacías, en aquel tiempo estaban llenas de risas y de gente especial. Por lo menos, me gustaría saber que estás bien y que eres feliz, porque cuando te fuiste, dejaste una gran tristeza en muchas personas y entre todas esas personas estoy yo…
Nos conocimos cuando estábamos en primero de bachillerato. Yo estaba en un internado estudiando y a pesar de que habían pasado tres meses desde que empezó el curso, no tenía demasiados amigos. Cada habitación tenía dos camas, dos armarios, dos escritorios, cuatro estanterías y un baño. Yo estaba sola en mi habitación hasta un día que apareciste por aquella puerta. Me extrañó que llegaras a mitad de curso y solamente me dirigiste una mirada con un poco de ignorancia y dejaste tus cosas sobre la cama que sobraba. Yo estaba tumbada en mi cama escuchando música, pero no pensaba que nos fuésemos a llevar demasiado bien, ya que, éramos muy diferentes. Traías dos maletas no muy grandes y una guitarra. Me pidieron, que al ser tu compañera de cuarto, te enseñara un poco el colegio, y a pesar de que no parecías demasiado habladora, accedí. Empezaste a sacar tu ropa de las maletas y a colocarla en tu armario. Tenías cinco CDS de música y tres cuadernos que colocaste en una de las estanterías y después cuando acabaste de colocar todo, las maletas las dejaste debajo de la cama. Al cabo de un rato te pregunte si querías que te enseñara el colegio y me contestaste: “como quieras”. No me pareció la mejor manera de comenzar una relación de amistad, por lo que únicamente me dediqué a contestar con un simple:
- Vale, entonces dentro de un rato, antes de ir a cenar te enseño todo esto un poco.
Tal y como le había dicho hacía un rato, tres cuartos de hora antes de la hora de la cena, comencé a enseñarle el colegio. La primera estancia que visitamos fue el patio de entrada, todo estaba lleno de césped color verde y a lo lejos, separado por una pequeña muralla de piedra, se veía un bosque repleto de altos pinos. Poco después llegamos al edificio de las chicas y profesoras que estaba en la parte izquierda del edificio principal; al otro lado, quedando en frente del femenino, estaba el edificio de los chicos. A continuación, pase a mostrarle el edificio principal. Éste, tenía en la entrada unas grandes escaleras cubiertas con una gran alfombra roja y dibujos negros. A los lados, había dos salas con la misma decoración. En ellas, había una tela y una mesa delante de madera y tres sofás alrededor de la mesa. Detrás había más mesas y sillones y una mesa de billar. A continuación, le mostré las plantas del edificio principal. El edificio tenía seis plantas y en cada una de ellas había aproximadamente diez clases, la nuestra se ubicaba en la última planta. En todos los edificios de los dormitorios, las personas de cada habitación, tenían que ser de la misma edad. Los más pequeños se encontraban en las plantas más inferiores y según aumentaba la edad, se subía de piso con un nuevo dormitorio.
Por último nos fuimos al comedor, que estaba bajando unas escaleras en el edificio principal. Lo único que me dijiste durante todo el camino fue que no sabías si te ibas a acordar de donde estaba cada cosa. En ese momento yo sonreí y te mire pero era como si hubieras perdido tu sonrisa. Ni siquiera, te esmeraste en disimular una.
Cuando entramos en el comedor, no había demasiada gente pero todos los que había allí, se nos quedaron mirando nada más entrar. Tú ibas vestida con ropa de calle porque aún no te habían dado tu uniforme y todos los demás íbamos con un uniforme. El uniforme de las chicas era una falda verde de cuadros blancos y amarillos con un polo blanco y un jersey de color verde. El uniforme de los chicos tenía un polo blanco, un jersey verde y unos pantalones de color gris. Aquella noche había para cenar macarrones. A pesar de decirte que te sentaras con algunas personas de clase, te negaste y te sentaste sola en una mesa, por no dejarte sola, me senté a tu lado.
- No hace falta que te sientes conmigo, no necesito tu compasión.
- No lo hago por compasión, es solo, que aquí no conoces a nadie y a mi no me importa sentarme contigo. Además no veo porque tendría que tenerte compasión.
Al oírme decir aquello pusiste una cara con algo de enfado, apartaste la mirada y empezaste a comer. Poco a poco la sala del comedor se fue llenando. Al acabar, te levantaste y sin decir nada te marchaste. Inmediatamente las personas que estaban allí y que me conocían se sentaron a mí alrededor para preguntarme a cerca de ti y entonces luché por acabar de comer rápidamente y salir de allí, ya que no soportaba que la gente me agobiara con cosas que no les incumbía. Lo único que les dije sobre ti, era que acababas de llegar a ese colegio. Pero, tras salir de allí e ir al patio a pensar un poco, llegué a la conclusión de que a pesar de esa actitud dura que aparentas, por dentro, te deberías de estar sintiendo tan sola como yo o más al no conocer a nadie. Después de un rato fuera, me fui a la habitación y te saludé.
- ¡Es que nunca te cansas de intentar ser amable conmigo! ¿o qué? A mí, no me gustan ese tipo de personas.
- No es que trate de ser amable contigo, es solo que pienso que tú te debes de estar sintiendo muy sola en este lugar y no me gusta que la gente se sienta así. Me llamo Akari. Es un nombre japonés que significa luz. Ya ves que no soy japonesa, es solo que a mi madre le gustaba ese nombre porque decía que si alguien se encontraba triste, al decir mi nombre, podría recordar que por muy mal que vayan las cosas y muy negro y oscuro que se vea todo, antes o después llegará la luz y que de ese modo, también me lo recordaría a mí misma. Tú, ¿Cómo te llamas?
- Mi nombre es Ayelen. Significa alegre. Me lo pusieron más o menos por un motivo parecido. Mi madre pensaba que con mi nombre sería capaz de reconfortar a la gente y a mí misma, recordando que hay que estar siempre alegre y ser feliz.
- ¡Jo, que coincidencias eh! Jeje. Supongo que estás en mi clase. ¿todavía no te han traído ni te han dado ningún uniforme?
- Sí, me dieron dos nada más llegar, pero no me apetecía cambiarme. Dime, Akari. Tú… ¿por qué estás aquí?
¿Todavía conservas tu sonrisa?
Por aquel entonces, recuerdo que a penas sonreías y casi no hablabas con nadie. Cuando te conocí, ninguna sabíamos todas las cosas que nos iban a ocurrir.
Hoy es una fría noche de invierno y aunque tengo personas a mi lado, no puedo evitar sentirme mal cuando pienso en esa soledad que me invade por dentro. Porque a pesar de que hay gente que me apoya, siento un gran vacío en mi interior. Un vacío que…desde que te fuiste nadie ha conseguido llenar. Esta noche, no soy capaz de recordar la última vez en la que mi sonrisa no fue otra mentira en mi vida. No consigo recordar cuando fue la última vez que conseguí reír siendo verdaderamente feliz. Ahora me doy cuenta de que realmente aquel tiempo en el que estuvimos juntas, fue la época en la que más feliz fui. En aquellas camas de aquella habitación, ahora no duerme nadie, aquellas habitaciones ahora vacías, en aquel tiempo estaban llenas de risas y de gente especial. Por lo menos, me gustaría saber que estás bien y que eres feliz, porque cuando te fuiste, dejaste una gran tristeza en muchas personas y entre todas esas personas estoy yo…
Nos conocimos cuando estábamos en primero de bachillerato. Yo estaba en un internado estudiando y a pesar de que habían pasado tres meses desde que empezó el curso, no tenía demasiados amigos. Cada habitación tenía dos camas, dos armarios, dos escritorios, cuatro estanterías y un baño. Yo estaba sola en mi habitación hasta un día que apareciste por aquella puerta. Me extrañó que llegaras a mitad de curso y solamente me dirigiste una mirada con un poco de ignorancia y dejaste tus cosas sobre la cama que sobraba. Yo estaba tumbada en mi cama escuchando música, pero no pensaba que nos fuésemos a llevar demasiado bien, ya que, éramos muy diferentes. Traías dos maletas no muy grandes y una guitarra. Me pidieron, que al ser tu compañera de cuarto, te enseñara un poco el colegio, y a pesar de que no parecías demasiado habladora, accedí. Empezaste a sacar tu ropa de las maletas y a colocarla en tu armario. Tenías cinco CDS de música y tres cuadernos que colocaste en una de las estanterías y después cuando acabaste de colocar todo, las maletas las dejaste debajo de la cama. Al cabo de un rato te pregunte si querías que te enseñara el colegio y me contestaste: “como quieras”. No me pareció la mejor manera de comenzar una relación de amistad, por lo que únicamente me dediqué a contestar con un simple:
- Vale, entonces dentro de un rato, antes de ir a cenar te enseño todo esto un poco.
Tal y como le había dicho hacía un rato, tres cuartos de hora antes de la hora de la cena, comencé a enseñarle el colegio. La primera estancia que visitamos fue el patio de entrada, todo estaba lleno de césped color verde y a lo lejos, separado por una pequeña muralla de piedra, se veía un bosque repleto de altos pinos. Poco después llegamos al edificio de las chicas y profesoras que estaba en la parte izquierda del edificio principal; al otro lado, quedando en frente del femenino, estaba el edificio de los chicos. A continuación, pase a mostrarle el edificio principal. Éste, tenía en la entrada unas grandes escaleras cubiertas con una gran alfombra roja y dibujos negros. A los lados, había dos salas con la misma decoración. En ellas, había una tela y una mesa delante de madera y tres sofás alrededor de la mesa. Detrás había más mesas y sillones y una mesa de billar. A continuación, le mostré las plantas del edificio principal. El edificio tenía seis plantas y en cada una de ellas había aproximadamente diez clases, la nuestra se ubicaba en la última planta. En todos los edificios de los dormitorios, las personas de cada habitación, tenían que ser de la misma edad. Los más pequeños se encontraban en las plantas más inferiores y según aumentaba la edad, se subía de piso con un nuevo dormitorio.
Por último nos fuimos al comedor, que estaba bajando unas escaleras en el edificio principal. Lo único que me dijiste durante todo el camino fue que no sabías si te ibas a acordar de donde estaba cada cosa. En ese momento yo sonreí y te mire pero era como si hubieras perdido tu sonrisa. Ni siquiera, te esmeraste en disimular una.
Cuando entramos en el comedor, no había demasiada gente pero todos los que había allí, se nos quedaron mirando nada más entrar. Tú ibas vestida con ropa de calle porque aún no te habían dado tu uniforme y todos los demás íbamos con un uniforme. El uniforme de las chicas era una falda verde de cuadros blancos y amarillos con un polo blanco y un jersey de color verde. El uniforme de los chicos tenía un polo blanco, un jersey verde y unos pantalones de color gris. Aquella noche había para cenar macarrones. A pesar de decirte que te sentaras con algunas personas de clase, te negaste y te sentaste sola en una mesa, por no dejarte sola, me senté a tu lado.
- No hace falta que te sientes conmigo, no necesito tu compasión.
- No lo hago por compasión, es solo, que aquí no conoces a nadie y a mi no me importa sentarme contigo. Además no veo porque tendría que tenerte compasión.
Al oírme decir aquello pusiste una cara con algo de enfado, apartaste la mirada y empezaste a comer. Poco a poco la sala del comedor se fue llenando. Al acabar, te levantaste y sin decir nada te marchaste. Inmediatamente las personas que estaban allí y que me conocían se sentaron a mí alrededor para preguntarme a cerca de ti y entonces luché por acabar de comer rápidamente y salir de allí, ya que no soportaba que la gente me agobiara con cosas que no les incumbía. Lo único que les dije sobre ti, era que acababas de llegar a ese colegio. Pero, tras salir de allí e ir al patio a pensar un poco, llegué a la conclusión de que a pesar de esa actitud dura que aparentas, por dentro, te deberías de estar sintiendo tan sola como yo o más al no conocer a nadie. Después de un rato fuera, me fui a la habitación y te saludé.
- ¡Es que nunca te cansas de intentar ser amable conmigo! ¿o qué? A mí, no me gustan ese tipo de personas.
- No es que trate de ser amable contigo, es solo que pienso que tú te debes de estar sintiendo muy sola en este lugar y no me gusta que la gente se sienta así. Me llamo Akari. Es un nombre japonés que significa luz. Ya ves que no soy japonesa, es solo que a mi madre le gustaba ese nombre porque decía que si alguien se encontraba triste, al decir mi nombre, podría recordar que por muy mal que vayan las cosas y muy negro y oscuro que se vea todo, antes o después llegará la luz y que de ese modo, también me lo recordaría a mí misma. Tú, ¿Cómo te llamas?
- Mi nombre es Ayelen. Significa alegre. Me lo pusieron más o menos por un motivo parecido. Mi madre pensaba que con mi nombre sería capaz de reconfortar a la gente y a mí misma, recordando que hay que estar siempre alegre y ser feliz.
- ¡Jo, que coincidencias eh! Jeje. Supongo que estás en mi clase. ¿todavía no te han traído ni te han dado ningún uniforme?
- Sí, me dieron dos nada más llegar, pero no me apetecía cambiarme. Dime, Akari. Tú… ¿por qué estás aquí?
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